Lo que España puede aprender de Suiza, Canadá y Bélgica

Cuando el debate sobre las lenguas en España se sale de su contexto habitual y se mira desde fuera, lo primero que sorprende es su excepcionalidad. No en el sentido de que España sea el único país con varias lenguas sino en el sentido de que España es uno de los pocos países con varias lenguas propias en los que esa diversidad se percibe mayoritariamente como un problema en lugar de como un activo.

Suiza tiene cuatro lenguas nacionales: alemán, francés, italiano y romanche. No tiene una lengua oficial única. Y sin embargo, la identidad suiza es una de las más sólidas de Europa. Un suizo germanohablante no ve el francés como una imposición extranjera: lo ve como parte de lo que significa ser suizo. ¿Cómo se construyó eso? Con décadas de política educativa que garantizó que todos los ciudadanos suizos tuvieran exposición básica a las lenguas de sus compatriotas desde la infancia.

Canadá tiene dos lenguas oficiales federales: inglés y francés. Los programas de inmersión en francés para niños anglófonos, iniciados en los años sesenta en Quebec, han producido generaciones de canadienses anglófonos con competencia básica en francés que tienen una relación con la comunidad francófona cualitativamente distinta a la de quienes no tuvieron esa exposición. El conflicto político sobre Quebec no ha desaparecido. Pero ha sido gestionado durante décadas sin que la diversidad lingüística produjera la ruptura que muchos temían.

Bélgica es el caso más instructivo porque es el más tenso. Tiene tres comunidades lingüísticas con conflictos políticos que han llegado a dejar al país sin gobierno durante más de un año. Y sin embargo, Bélgica existe como Estado y como sociedad. La diversidad lingüística no la ha roto, aunque la ha tensado. Y parte de lo que ha impedido la ruptura es precisamente la exposición educativa temprana a las lenguas del otro.

El patrón que se repite en los tres casos es el mismo: la gestión exitosa de la diversidad lingüística no es el resultado de que las lenguas no generen tensiones políticas sino de que el sistema educativo ha construido durante décadas una familiaridad mínima con las lenguas del otro que reduce la percepción de amenaza y aumenta la de pertenencia compartida.

La diferencia entre España y Suiza no es lingüística ni cultural. Es política. Suiza decidió que sus cuatro lenguas eran un activo nacional y construyó la política educativa que hace que sus ciudadanos las perciban como tal. España lleva décadas evitando tomar esa decisión porque a demasiados actores políticos les conviene más la trinchera que el puente.

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