La Renta Básica Universal lleva décadas en el debate político occidental como propuesta teórica. Lo que ha cambiado en los últimos años es que ha dejado de ser solo teórica: hay experimentos documentados, con metodologías rigurosas y resultados publicados en revistas científicas, que permiten hablar de evidencia empírica sobre sus efectos reales.
La primera predicción de sus críticos era que la RBU haría que la gente dejara de trabajar. El experimento finlandés de 2017-2018 —2.000 desempleados que recibieron 560 euros mensuales sin condiciones durante dos años— mostró que los receptores no redujeron su búsqueda de empleo respecto al grupo de control. Los experimentos americanos en varios estados mostraron que los receptores trabajaron ligeramente menos en empleos precarios pero invirtieron ese tiempo en educación, cuidados familiares y emprendimiento. La cantidad de trabajo disminuyó marginalmente. La calidad del trabajo y la satisfacción vital mejoraron de forma significativa.
La segunda predicción era que los receptores gastarían el dinero en activos improductivos. El experimento de GiveDirectly en Kenya —más de 20.000 receptores durante más de una década— desmontó esa predicción. Los receptores invirtieron el dinero mayoritariamente en activos productivos: ganado, herramientas, mejoras en sus viviendas. La salud mejoró. La escolarización de los niños aumentó.
Lo que estos experimentos tienen en común es que responden a la pregunta equivocada. La pregunta relevante en el mundo que la IA está construyendo no es si la gente deja de trabajar cuando recibe una renta incondicional. Es qué le permite sobrevivir con dignidad cuando el trabajo que sabía hacer ya no tiene demanda.
Los experimentos actuales son demasiado pequeños y demasiado cortos para responder a la pregunta de cómo funcionaría una RBU universal financiada por un impuesto sobre el uso de IA. Pero lo que sí demuestran es suficiente para descartar las objeciones más simples: la RBU no destruye la motivación para trabajar, mejora el bienestar de los receptores y produce efectos redistributivos positivos. Sus limitaciones son de escala y de financiación, no de diseño. Y la escala y la financiación son exactamente lo que el impuesto sobre el uso de IA puede proporcionar.