Gestionar bien ya no es suficiente: el problema que la izquierda no quiere ver

Existe una creencia profundamente arraigada en la cultura política que, bien analizada, explica buena parte de sus fracasos electorales recientes. Es la creencia de que gobernar bien produce, de forma más o menos automática, respaldo político. Que los ciudadanos, expuestos a evidencia suficiente de mejora en sus condiciones de vida, acabarán reconociendo en las urnas a quien la ha producido. Que la realidad, con el tiempo, se impone al relato.

Es una creencia comprensible. Es también, sistemáticamente, falsa.

No lo digo desde la abstracción teórica. Lo digo desde un dato concreto que, en mi opinión, debería haber provocado una crisis de modelo en la izquierda española y que, sin embargo, fue procesado con una rapidez que no se merece. La subida del Salario Mínimo Interprofesional transformó de forma medible y directa la economía real de más del 13 % de los trabajadores andaluces y del 21,7 % de los extremeños, según datos oficiales basados en microdatos de la EPA. Un incremento del 47 % en el SMI desde 2018 no es un dato macroeconómico abstracto: es dinero real en nóminas reales de personas reales que viven en esas comunidades. Y sin embargo, en las elecciones autonómicas del 28 de mayo de 2023, el Partido Popular ganó con mayoría absoluta en Andalucía y con holgada mayoría en Extremadura. El voto no se movió en la dirección que la lógica del ‘buen gobierno produce respaldo’ predeciría.

Ese resultado no es una anomalía. Es un patrón, y conviene entenderlo como tal.

Por qué la gente no vota con la nómina

La explicación más cómoda para la izquierda es la mediática: la derecha controla los grandes altavoces, la desinformación distorsiona la percepción de la realidad, los votantes no tienen acceso a información veraz. Hay verdad en ese diagnóstico, pero tomarlo como explicación completa es un error, porque exonera a la izquierda de una responsabilidad que le corresponde directamente.

La realidad es que las personas no procesan la política como un análisis coste-beneficio. La procesan como un sistema de identidad. Votan hacia donde se reconocen, hacia la imagen de sí mismas que determinado partido les devuelve, hacia los valores y el mundo que ese partido representa en su imaginario. Eso no es irracionalidad: es la forma en que funciona la cognición política en prácticamente todos los sistemas democráticos estudiados. Y la izquierda, que en términos generales entiende perfectamente la complejidad del comportamiento humano en otros ámbitos, sigue actuando en política como si los votantes fueran agentes racionales que maximizan utilidad.

El problema no es solo comunicativo, aunque también lo sea. El problema es más profundo: la izquierda ha construido durante décadas una cultura política en la que la superioridad moral de sus propuestas se considera autoevidente, y en la que el trabajo de conectar esas propuestas con la identidad y las emociones de los votantes se percibe, en el mejor caso, como secundario, y en el peor, como una concesión al populismo. El resultado es un partido que ejecuta políticas transformadoras y no sabe contarlas de forma que la gente las sienta como propias.

El logro que no se percibe no es un logro político

España tiene hoy más de 21 millones de afiliados a la Seguridad Social, la cifra más alta de su historia. The Economist señaló la economía española como la de mejor desempeño en la OCDE en 2024, en un contexto europeo marcado por la desaceleración generalizada. La reducción de jornada laboral a 37,5 horas semanales, aprobada en 2025, es una medida sin precedentes en décadas en Europa occidental. El SMI ha subido un 47 % desde 2018. Son hechos, no propaganda.

Y sin embargo, la narrativa dominante en amplios sectores de la opinión pública española sigue asociando a la izquierda con la inestabilidad, el caos y la mala gestión. Esa distancia entre la realidad objetiva y la percepción generalizada no es un accidente ni es exclusivamente culpa de los medios. Es también el resultado de años de comunicación política que ha priorizado el rigor técnico sobre la conexión emocional, el dato sobre el relato, la corrección sobre la contundencia.

Un logro que no se percibe no acumula capital político. Y un logro que se percibe pero que no está conectado con una identidad compartida tampoco. La izquierda ha ganado batallas reales en la economía y en los derechos, y ha perdido sistemáticamente la batalla de lo que esas victorias significan para la gente que se supone que debería beneficiarse de ellas.

Lo que hay que cambiar y por qué no es sencillo

El diagnóstico apunta a un cambio de enfoque que va mucho más allá de contratar mejores asesores de comunicación o invertir más en redes sociales. Eso ayuda, pero no resuelve el problema de fondo, que es cultural y estructural dentro de la propia izquierda.

Lo que hay que construir es un relato que conecte las políticas concretas con los valores y las aspiraciones de los votantes a los que se dirigen. No ‘hemos subido el SMI’, sino lo que eso significa en la vida de familias reales en comunidades concretas. No ‘hemos reducido el desempleo’, sino qué tipo de país queremos ser y cómo cada medida es un paso hacia ese lugar. La diferencia entre ambos enfoques no es estética: es la diferencia entre informar y movilizar, entre comunicar un logro y construir una identidad compartida alrededor de él.

Eso requiere algo que la cultura política progresista encuentra genuinamente difícil: renunciar al complejo de superioridad intelectual que lleva a explicar en lugar de conectar, a corregir en lugar de persuadir, a demostrar en lugar de emocionar. No se trata de bajar el nivel del debate ni de sustituir el rigor por la demagogia. Se trata de entender que el rigor sin conexión emocional no llega a nadie que no esté ya convencido, y que predicar a los ya convencidos no gana elecciones.

La derecha lleva décadas sabiendo esto. Ha construido relatos potentes sobre la libertad, el mérito, el esfuerzo individual y el orden, relatos que conectan con aspiraciones reales de personas reales aunque las políticas concretas que los acompañan vayan frecuentemente en contra de los intereses materiales de quienes los abrazan. Esa es su fortaleza real, más que cualquier ventaja mediática o judicial.

La izquierda tiene algo que la derecha no tiene: políticas que realmente mejoran la vida de la mayoría. El reto es construir el relato que lo haga visible, creíble y, sobre todo, sentido como propio por quienes más necesitan que esas políticas continúen. Hasta que ese trabajo no se considere tan importante como el trabajo de gobernar bien, el ciclo se repetirá: buena gestión, logros reales, derrota electoral. Y la pregunta de por qué no es suficiente con hacer las cosas bien seguirá sin tener respuesta satisfactoria.

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