Decir que España es vulnerable a los shocks externos es una afirmación demasiado general para ser útil. La vulnerabilidad tiene una geografía precisa: hay sectores donde la dependencia exterior es estructural e histórica, otros donde se ha profundizado como resultado de decisiones de política industrial, y otros donde la dependencia es reciente pero acelerada.
En energía, la fotografía ha mejorado significativamente pero sigue siendo preocupante. España alcanzó en 2023 la cifra más baja de dependencia energética exterior registrada hasta la fecha. Es un avance real. Pero la dependencia en combustibles fósiles sigue siendo estructural, y la capacidad de almacenamiento energético estratégico es insuficiente para garantizar suministro autónomo durante períodos prolongados.
En industria médica y farmacéutica, la vulnerabilidad es la más documentada y la que menos ha mejorado desde 2020. La dependencia de principios activos producidos en China e India es estructural. Cinco años después del COVID, los expertos del sector siguen advirtiendo que en una situación de nueva pandemia España estaría igual de expuesta a los precios que impongan los proveedores externos.
En alimentación, la posición española es relativamente sólida en producción primaria. La vulnerabilidad está en los insumos: fertilizantes, fitosanitarios y semillas cuya cadena de suministro es global y concentrada. La crisis de fertilizantes de 2022 mostró que incluso la producción agrícola española tiene dependencias externas que pueden convertirse en cuellos de botella en escenarios de tensión geopolítica.
En industria de defensa básica, el diagnóstico es el más reciente pero el que se está moviendo más rápido. Por primera vez en 2025, todos los estados miembros de la OTAN cumplirán el objetivo del 2 % del PIB en defensa. El denominador común de los cuatro sectores es el mismo: no se trata de ser autosuficiente en todo, sino de tener capacidad mínima de respuesta durante el tiempo suficiente para que la crisis pase.