España es una potencia turística. No como eslogan sino como estructura económica verificable. Según la Cuenta Satélite del Turismo del INE, la actividad turística representó en 2024 200.699 millones de euros, el 12,6 % del PIB nacional. Pocas economías desarrolladas concentran un porcentaje tan elevado de su producción en un solo sector. No estamos hablando de una industria complementaria. Estamos hablando de un pilar macroeconómico.
Y sin embargo, uno de sus engranajes esenciales muestra síntomas de tensión persistente que el debate público no termina de procesar con la precisión que merece. La patronal Hostelería de España ha señalado la necesidad de más de 100.000 vacantes sin cubrir en temporada alta, cifra confirmada por los informes de vacantes del SEPE. Más allá de la exactitud puntual de la cifra, el mensaje es claro: existe escasez estructural de mano de obra en un sector que, por sus resultados económicos, debería ser uno de los más atractivos del mercado laboral español.
La paradoja es evidente y merece ser formulada con precisión: el sector crece, el PIB turístico se consolida en máximos históricos, el empleo total en hostelería ha recuperado niveles prepandemia, y aun así faltan trabajadores. Cuando un mercado presenta crecimiento sostenido y escasez simultánea de oferta, la interpretación correcta no es que la gente no quiere trabajar. En economía, ese patrón tiene una lectura más precisa: el precio del factor trabajo no refleja el equilibrio real del mercado.
El salario que el sector ofrece no es suficiente para atraer a los trabajadores que necesita, dado el conjunto de alternativas disponibles en el mercado laboral actual. Esa es la señal. El resto son síntomas.
El dato que lo explica todo
Los datos del INE lo confirman con nitidez. En 2024, el salario medio mensual en hostelería se situó en 1.520,7 euros, frente a una media nacional de 2.385,6 euros. Una brecha del 36 % que no refleja menor esfuerzo ni menor complejidad del trabajo: refleja una inercia salarial que el mercado ya no puede sostener porque las condiciones que la hacían viable han cambiado.
Conviene detenerse en esa última frase porque es donde reside el núcleo del problema. Durante décadas, la hostelería española funcionó bajo un equilibrio relativamente estable: alta temporalidad, elevada rotación, jornadas extensas con horarios irregulares y costes salariales contenidos. Ese equilibrio no era el resultado de una anomalía ni de una conspiración empresarial. Era el resultado lógico de un mercado laboral con desempleo estructural elevado, donde la abundancia de trabajadores sin alternativas mejores permitía al sector cubrir sus vacantes sin necesidad de subir salarios. Cuando hay abundancia de oferta, el precio del factor puede mantenerse bajo sin que la oferta desaparezca. Eso es microeconomía básica, no moral empresarial.
Por qué ese contexto ha cambiado
El desempleo español, aunque sigue siendo alto en términos europeos, ha caído de forma significativa en los grupos de edad y perfil que tradicionalmente abastecían la hostelería. La digitalización ha creado nuevos perfiles de trabajo flexible y mejor remunerado que compiten directamente con el empleo hostelero en el mismo segmento sociodemográfico. Y la pandemia funcionó como acelerador de preferencias: muchos trabajadores que habían asumido las condiciones del sector como inevitables las cuestionaron durante el parón y no volvieron.
La escasez de trabajadores en hostelería no es un problema de actitud laboral ni de pereza generacional, que es el diagnóstico más cómodo y el más equivocado. Es una señal de mercado que dice exactamente lo que las señales de mercado siempre dicen cuando la oferta de un factor no responde al precio ofrecido: el precio está mal calibrado respecto al nuevo equilibrio. Y los mercados que no escuchan esa señal y ajustan no resuelven la escasez: la cronifican.