Hay una creencia muy arraigada en la izquierda que, a la vista de las últimas citas electorales, ayuda a explicar su creciente falta de apoyo. Consiste en pensar que gobernar eficientemente, con buenos
datos económicos y mejoras palpables en las condiciones de vida de los ciudadanos, produce, de forma más o menos automática, un apoyo político. A pesar de los relatos, al final, se impondría la realidad. Esto se puede ver muy bien en la primera legislatura del gobierno de coalición de
izquierdas. Durante prácticamente toda la legislatura, tanto el presidente como el equipo de gobierno mantuvieron un perfil bajo, muy enfocados en la gestión y menos en la política, donde se lograron, sin duda, grandes avances sociales, como los primeros incrementos del Salario Mínimo Interprofesional (SMI).
Con el fortalecimiento de la ultraderecha a nivel mundial, las reglas del juego han cambiado: las fake news, las verdades a medias, la generación de discursos y su amplificación por medios afines y redes sociales han demostrado que no vale con gobernar bien, sino que tienes que trabajar también el relato.
Volvamos al SMI. Su subida transformó de forma medible y directa la economía real de más del 13 % de los trabajadores andaluces y del 21,7 % de los extremeños, según datos oficiales basados en microdatos de la Encuesta de población activa (EPA).
Un dato objetivo e incuestionable es que el SMI se ha incrementado un 66 % desde 2018; es decir, dinero real en las nóminas de personas reales, no números. Sin embargo, este cambio radical en la condición de vida de un porcentaje tan amplio de ciudadanos no provocó un respaldo a los partidos de izquierda en las convocatorias electorales:
En Andalucía, el PP gobernó con mayoría absoluta desde 2022 —la primera en la historia de una comunidad que el PSOE dominó sin interrupción desde la Transición— y en mayo de 2026 volvió a ganar con 53 escaños frente a los 28 del PSOE, su peor resultado histórico, aunque esta vez perdió la mayoría absoluta y dependerá de Vox para gobernar.
En Extremadura, aunque es cierto que el PSOE ganó en votos en 2023, perdió el gobierno al empatar en escaños con el PP, y en diciembre de 2025 se hundió hasta los 18 diputados —diez menos que dos años antes— mientras Vox doblaba su representación.
Los casos reales y ficticios de corrupción en torno al presidente, con toda su amplificación en medios y en redes sociales, pudieron contra una mejora objetiva y clara en las condiciones de vida de los ciudadanos.
¿Por qué las personas votan lo que votan?
La explicación más cómoda para los partidos de izquierdas es achacarlo a que la derecha controla la mayoría de los medios y distorsiona la realidad, por lo que el votante no accede a la información real. Hay parte de verdad en este diagnóstico, pero aceptarlo sin cuestionarlo no exonera a la izquierda de su responsabilidad ni ayuda nada a entenderlo y, lo más importante, a intentar cambiarlo.
Lamentablemente para este gobierno de coalición, el más social de la historia de la democracia, los ciudadanos no hacen un análisis coste-beneficio a la hora de votar. Dicho de otro modo, no ponen en una balanza los pros y los contras de votar a una u otra opción política. Las personas lo procesamos a través de la identidad.
Votamos al partido que proyecta los valores y principios en los
que nos reconocemos, aunque esa imagen no siempre refleje la realidad. Insisto: lo determinante no es cómo es realmente ese partido, sino cómo lo percibimos y qué representa en nuestro imaginario. Eso no es irracionalidad, sino la forma en que funciona la cognición política en prácticamente todos los sistemas democráticos estudiados.
La izquierda, a pesar de entender y conocer la complejidad del comportamiento humano, sigue focalizando todo su esfuerzo en mejorar las condiciones de los ciudadanos como si estos fueran agentes racionales que maximizan utilidad. Lo cual está bien. Hay una frase que para mí resume todo muy bien: «Vamos a intentar consolidar todos los derechos posibles antes de que llegue la derecha, para que tenga complicado justificar el retroceso». Siempre da la sensación de que va con miedo y con prisa.
Me reitero: está muy bien, pero trabajemos en paralelo también el relato.
Además del problema comunicativo, la izquierda ha construido el marco narrativo político alrededor de su superioridad moral, dando por hecho que sus propuestas van impregnadas de esos valores y del sentido de la redistribución que abandera. No hace una labor de «venta emocional» porque cree que se sobreentiende. Y, como estamos viendo en la actualidad, nada más lejos de la realidad. De nada sirve que hagas políticas transformadoras si no sabes venderlas, si no sabes contarlas y, lo más importante, no las conectas con la identidad y las emociones de tus votantes. No hay una conexión entre lo que yo he votado y esa mejora: no me pertenece, no soy protagonista. Es una frase que le digo de forma constante a mi equipo: de nada sirve hacer mejoras a clientes si no se las vendemos, si no se enteran de que existen.
En política, el logro que no se percibe no es un logro
España tiene hoy más de 21 millones de afiliados a la Seguridad Social, la cifra más alta de su historia. The Economist señaló la economía española como la de mejor desempeño en la OCDE en 2024, en un contexto europeo marcado por la desaceleración generalizada. El SMI ha subido un 66% desde 2018. Son hechos, no propaganda.
Y sin embargo, la narrativa dominante en amplios sectores de la opinión pública española es que España va mal, que la gestión de este «gobierno Frankenstein» es un desastre, y sigue asociando a la izquierda con la inestabilidad, el caos y la mala gestión. Esa distancia entre la realidad objetiva y la percepción generalizada no es casual, ni es solo culpa de los medios. Es también el resultado de años de comunicación política que ha priorizado el rigor técnico sobre la conexión emocional, el dato sobre el relato, la corrección sobre la emoción. Como digo al principio, en la era anterior a las redes sociales el impacto podría ser menor; ahora mismo, es insostenible.
Un logro que no se percibe no acumula capital político. Un logro que se percibe pero que no está conectado a la emoción y a la identidad compartida, tampoco.
Es incuestionable que la izquierda ha avanzado en derechos y ha ganado batallas reales en la
economía, pero también es indudable que pierde de manera sistemática en el relato.
¿Qué puede y debe hacer la izquierda?
Lo primero es tomar conciencia de la realidad y asumir, de manera definitiva, que la narrativa está por encima de cualquier política. El mejor ejemplo es Vox: tiene un relato tan potente, que conecta con un sector desencantado de la población hasta el punto de que sus votantes lo votan sin conocer cuáles son los candidatos de su municipio o región y, por supuesto, nada sobre el programa. Solo por su relato y consignas sin fundamento.
Para mí, el primer paso que tienen que dar los partidos de izquierda es aprender de los partidos de ultraderecha en ese aspecto: tienen muchas cosas malas, pero hay que imitar su manera de comunicarse y su manera de apelar a las emociones.
Las consignas del ideario de Vox son conocidas, son identitarias e identificables. ¿Podemos decir lo mismo de cualquiera de los partidos de izquierda? Desde mi punto de vista, no.
Las diferentes fuerzas de izquierda tienen que construir una narrativa que conecte las políticas concretas con los valores y las aspiraciones de los votantes a los que se dirigen. No «hemos subido el SMI», sino lo que eso significa en la vida de familias reales en comunidades concretas. No «hemos reducido el desempleo», sino qué tipo de país queremos ser y cómo cada medida es un paso hacia ese lugar. La diferencia entre ambos enfoques no es estética: es la diferencia entre informar y
movilizar, entre comunicar un logro y construir una identidad compartida alrededor de él.
Para conseguir esto es imprescindible que la izquierda se baje de su pedestal de superioridad intelectual y moral. No se trata de bajar el nivel del debate ni de sustituir el rigor por la demagogia.
Se trata de entender que el rigor sin conexión emocional no llega a nadie que no esté ya convencido, y que predicar entre los propios no gana elecciones.
La derecha lleva décadas sabiendo esto. Ha construido relatos potentes sobre la libertad, el mérito, el esfuerzo individual y el orden, relatos que conectan con aspiraciones reales de personas reales aunque las políticas concretas que los acompañan vayan frecuentemente en contra de los intereses materiales de quienes los votan (lo que yo llamo el voto aspiracional).
La izquierda tiene algo que la derecha no tiene: políticas que realmente mejoran la vida de la mayoría. El reto es construir el relato que lo haga visible, creíble y, sobre todo, sentido como propio por quienes más necesitan que esas políticas continúen.
Hasta que ese trabajo no se considere tan importante como la tarea de gobernar bien, el ciclo se repetirá: buena gestión, logros reales, derrota electoral. Y la pregunta de por qué no es suficiente con hacer las cosas bien seguirá sin tener respuesta satisfactoria.